Navona subterránea, un mundo por descubrir

Estamos en el centro histórico de Roma, en Piazza Navona. Una de las plazas más famosas de la Ciudad Eterna, convertida en un conjunto monumental por la familia Pamphilj por deseo del papa Inocencio X, que era uno de sus miembros. Y que hoy, en el edificio contiguo a la iglesia de Sant’Agnese in Agone, acoge nuestra residencia histórica: Eitch Borromini. Pero, en realidad, ¿dónde nos encontramos?
En tiempos del Imperio, la plaza era escenario de competiciones de atletismo ligero y pesado, saltos y lucha libre: el Estadio de Domiciano, construido en el año 85. Con una forma inspirada en los estadios de Olimpia y de Atenas, medía 276 metros de largo y 106 de ancho, y podía acoger a 30 mil espectadores. De ahí el nombre: Campus Agonis o «in Agone», que en latín significa «juegos». Que, con el tiempo y la pronunciación, se convirtió en «in Nagoni», «Navone» y «Navona». En el siglo XIII, el Campus pasa a depender de la Cámara Capitolina, que confirma su uso lúdico. Tras las primeras excavaciones a comienzos del 1500, el estadio se convierte en fuente de materiales valiosos para otras construcciones y, a finales del Renacimiento, la zona se acondiciona para el adiestramiento y los juegos caballerescos. Pero en el siglo XVII, con la intervención de los Pamphilj, la plaza se transforma en un triunfo del Barroco romano. Protagonistas, los dos genios rivales: Bernini y Borromini.
¿Y el Campus? El Área arqueológica del Estadio de Domiciano —primer y único ejemplo de estadio de mampostería conocido hasta hoy, una de las siete maravillas de la Roma imperial y patrimonio de la UNESCO— se encuentra a unos 4.5 metros por debajo de la plaza y se puede visitar. Un área central, la de la Curva, enriquecida con los años por las excavaciones en el lado oriental del hemiciclo, donde originalmente se encontraba la Tribuna. Muchos son los hallazgos, romanos pero también medievales y renacentistas, que han salido así a la luz, y otros tantos los encontrados en las bodegas de los palacios de Piazza Navona, bajo la iglesia de Sant’Agnese y en los sótanos de la École Française de Rome. Porque en estos escasos cuatro metros y medio conviven varias épocas de Roma, con historias diferentes. Como la inundación de la plaza para refrescarse en verano o el mercado, también el navideño, sin olvidar las leyendas —también las de sus obras arquitectónicas o escultóricas— o los relatos de fantasmas. Para ayudarnos a imaginar las distintas «Romas», los visitantes disponen de reconstrucciones en 3D.
Una vez fuera, una joya. El estadio original estaba rodeado de graderías sostenidas por grandes arcadas, a menudo adornadas con estatuas. Pues bien, una de ellas sigue siendo visible en una de las esquinas de acceso a la plaza: la «estatua parlante», donde durante al menos tres siglos, desde comienzos del siglo XVI, se dejaron poemas críticos —populares y satíricos— dirigidos sobre todo al poder clerical. Una «tradición» interrumpida con el fin del poder temporal de la Iglesia, pero retomada con la llegada del nazismo y que continúa, esta vez dirigida al poder laico.
Ya sea para alojarse en Eitch, descubrir los sabores del mar, de Roma y de Italia en su restaurante o tomar un aperitivo o una copa después de cenar en su espectacular Roof Top, es una visita obligada. Porque, una vez descubiertos sus subterráneos, tu mirada sobre Piazza Navona cambiará. Nunca mejor dicho: profundamente.
