
Mientras tanto…: un paseo por la historia
Sabemos que el palacio que acoge Eitch Borromini fue proyectado y construido entre 1654 y 1659, cifras que, a menos que uno sea un estudioso, corren el riesgo de no decirnos mucho. Echemos, pues, un vistazo a esta época convulsa pero extraordinaria, para descubrir los Tiempos y la Perspectiva.
La Europa política y el Nuevo Mundo
El siglo XVII significa, sobre todo, absolutismos monárquicos, revoluciones científicas y Barroco.
La Conspiración de la Pólvora, el final de la guerra de los Treinta Años y la llegada del Mayflower a las costas de Norteamérica, con el asentamiento de las primeras colonias puritanas. Es la época de Luis XIV y del cardenal Richelieu, de Oliver Cromwell y de la guerra civil inglesa, de una Holanda en expansión desde Japón hasta Sudáfrica y de nada menos que dos guerras «del Norte», que implican a Suecia, Dinamarca, Polonia, Lituania y Rusia. Guerras de dominio desde el Báltico hasta el Egeo (donde el Imperio otomano sigue presente), pero que se extienden hasta el Nuevo Mundo, y diversos conflictos religiosos, a veces llevados al extremo, como en el caso de la masacre de los valdenses en el Piamonte, recordada por Milton en su famoso soneto. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico nace la esclavitud legal como propiedad privada de por vida e incluso sobre la descendencia, se abren y se cierran batallas entre puritanos, protestantes y católicos, a Nueva Ámsterdam llegan los primeros refugiados judíos desde Brasil y en varias colonias americanas comienza el largo enfrentamiento con los cuáqueros desembarcados desde Barbados.
El poder es político y religioso, pero está a punto de volverse mercantil, en busca de viejos o nuevos territorios y de rutas oceánicas o marítimas. En definitiva, de recursos.
Qué ocurre en las Ciencias y en las Artes
Al mismo tiempo, en tierras de Europa estudian y escriben Newton, Von Leibniz, Kepler y Galileo: por resumirlo mucho, hablamos de gravitación universal, cálculo infinitesimal y leyes del movimiento de los planetas, es decir, de las bases de la física moderna. Y no es todo, porque en el Viejo Continente trabajan también Bacon, Locke, Spinoza, Descartes y Pascal, figuras que dejarán su huella en la filosofía y no solo en ella. El astrónomo y arquitecto Giovanni Battista Hodierna descubre el cúmulo de la Mariposa y la galaxia del Triángulo, se crean las primeras estaciones meteorológicas europeas (incluida la de Florencia, instituida por Fernando II de Médici en el Monasterio de los Ángeles), las matemáticas se enriquecen con el símbolo del infinito, se descubre Titán —el satélite más grande de Saturno— y se inventa el reloj de péndulo, tan preciso que solo se atrasa 10 segundos al día.
Los matemáticos o los astrónomos son también historiadores o teólogos: un enfoque que hoy llamaríamos «leonardiano», capaz de dar a estos hombres —y, a través de ellos, a nosotros— una nueva visión del mundo y de las cosas.
¿Y en las Artes, por recordar solo algunos? Shakespeare y Molière, Bach y Vivaldi, Caravaggio y Rubens —seguidos pocos años después por Rembrandt, Vermeer y Velázquez— y, por supuesto, además de Pietro da Cortona, Bernini y Borromini. Los nombres impresionan; las obras, aún más. Y todas en busca de una luz distinta, nueva.
Una cultura en efervescencia
En todo el mundo nacen unas quince universidades e instituciones culturales, ocho de ellas en Europa, y diversas bibliotecas: un impulso principalmente católico, pero también protestante, que abarca desde Filipinas hasta América Latina.
Entre otras cosas porque los horizontes del Conocimiento se están ampliando, desde el mundo de lo infinitamente pequeño, con el descubrimiento de las bacterias, hasta el de lo infinitamente grande, con la observación del cometa Halley o el primer cálculo de la velocidad de la luz. De hecho, en esta época se publican la que se considera la enciclopedia más importante del Renacimiento (Encyclopaedia septem tomis distincta), diversos escritos que sentarán las bases de la microbiología y de la geología y —a su modo, y quizá no por casualidad— el periódico italiano más antiguo: la Gazzetta di Mantova, que aún existe. Las matemáticas viven una época dorada: además de las obras de Descartes, Leibniz, Fermat y Pascal, se inventan los logaritmos y la primera calculadora. Mientras, a finales de un siglo profundamente marcado por Bach, el constructor de clavicémbalos más famoso de su tiempo, el italiano Bartolomeo Cristofori, inventa el fortepiano, precursor del piano.
Desde la suite que hemos elegido o desde la terraza de nuestra residencia en el centro de Roma, firmada por Borromini, que se asoma a la espectacular Piazza Navona y a la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini, solo nos queda alzar una copa de champán, inventado, según la leyenda, por el monje Dom Pierre Pérignon en 1693. Por un siglo lleno de sombras, pero también de luces, sabiendo ahora que dormir o desayunar en Eitch Borromini significa habitar la Historia.
