
La Roma de los obeliscos
Algunos llegaron como botín de guerra; otros se realizaron aquí, a imitación de los egipcios. Derrumbados o demolidos durante la Edad Media, los obeliscos vuelven a las plazas romanas gracias a un pontífice que, a finales del siglo XVI, da un nuevo aspecto a la Ciudad, creando también —como ya saben los fans del profesor Langdon— una conexión visual y un recorrido preciso entre ciertas iglesias.
Dos de los trece que hoy hay en Roma, la ciudad con más obeliscos del mundo, se encuentran en «nuestras» plazas: Navona, casa de Eitch Borromini, y Spagna, donde el año pasado abrió Eitch Belsiana. Veámoslos juntos.
Los ocho egipcios
Con sus más de treinta y dos metros, el obelisco llamado «Lateranense» es el más alto del mundo. De granito rojo de Tebas, es también el más antiguo, aunque fue el último en llegar a Roma y, según la leyenda, el globo dorado añadido en su cima contendría las cenizas de César.
El segundo más alto, de granito rosa y sin jeroglíficos, es el llamado «Vaticano», que, como su nombre indica, se alza en la plaza de San Pedro diseñada por Bernini. Traído a la Ciudad Eterna en el 37 e. c., es el único de los obeliscos de Roma que nunca ha caído.
El tercero, llamado «Flaminio», está en Piazza del Popolo y fue uno de los primeros en ser trasladados a Roma, junto con el «Campense», hoy situado en Montecitorio, la plaza del Parlamento. Frente al Quirinal, en cambio, encontramos el obelisco «del Mausoleo», de granito rojo de Asuán, llamado así por su primera ubicación, delante de la tumba de Augusto.
Por último, los tres restantes: el «Macuteo» en Piazza della Rotonda, sobre la fuente frente al Panteón; el «Dogali», dedicado a los caídos italianos en la guerra de Eritrea y erigido frente a la estación Termini; y el más pequeño de todos, el «Minerveo», de menos de seis metros, colocado por Bernini sobre la (famosa) escultura del elefantito en la plaza «della Minerva», detrás del Panteón.
Los cinco romanos
El más pequeño, el «Aureliano» o «del Pincio», es uno de los muchísimos homenajes que quiso el emperador Adriano tras la trágica y prematura muerte de su gran amor, Antínoo. De granito rosa de Egipto, fue hallado en tres pedazos cerca de las murallas Aurelianas y colocado en la terraza sobre Piazza del Popolo. El más alto, el «Esquilino», sería trasladado de la tumba de Augusto a la plaza homónima, frente a la iglesia de Santa Maria Maggiore.
Entre ambos, un obelisco «híbrido», mitad egipcio y mitad romano: el «Capitolino», por su posición inicial frente al Capitolio, o «Matteiano», por el noble coleccionista de arte y mecenas de Caravaggio que, a finales del siglo XVI, lo recibe como regalo del Senado italiano.
Por último, los obeliscos de Piazza Navona y Piazza di Spagna. El primero, «Agonale», en referencia al antiguo estadio romano de competiciones, es —según la leyenda— la razón por la que Bernini (que propuso colocarlo sobre la fuente de los Cuatro Ríos) ganó a su rival Borromini el concurso para el proyecto de la plaza. El segundo, «Sallustiano», por el lugar donde fue hallado, se grabó copiando una inscripción egipcia y parece contener errores de escritura.
Trece obeliscos gracias a cinco emperadores romanos, diez papas y un número indefinido de arqueólogos, restauradores, arquitectos y grandes artistas: perfectos o no, el paisaje romano no sería el mismo sin ellos.
